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Raíces en Jujuy: 150 productores colla custodian el futuro de los alimentos andinos

El proyecto Raíces rescata semillas ancestrales en Jujuy: 150 productores de la Gran Nación Colla conservan papas andinas, quinua y maíces criollos únicos.

En territorio jujeño, más de 150 productores —el 95 por ciento pertenecientes o descendientes de la Gran Nación Colla— trabajan actualmente en el rescate y conservación de semillas criollas y nativas que durante generaciones sostuvieron la alimentación andina. El esfuerzo forma parte del proyecto trinacional Raíces, una iniciativa financiada por la Unión Europea a través del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), ejecutada por el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) y con liderazgo técnico de la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (Embrapa). En la Argentina, la coordinación técnica recae sobre el INTA, a través de la Fundación ArgenINTA.

El proyecto, lanzado entre noviembre y diciembre de 2025 en las provincias de Jujuy y Misiones, apunta a alcanzar a un total de 1.200 productores a escala nacional, con énfasis explícito en la participación de mujeres, jóvenes y comunidades indígenas. Jujuy representa uno de los territorios más estratégicos de la iniciativa por su extraordinaria diversidad ambiental y la riqueza de sus variedades agrícolas tradicionales.

Papas andinas, quinua y maíces: el patrimonio genético en riesgo

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En Jujuy, el trabajo técnico se concentra en cultivos clave de la agricultura andina: papa, maíz, quinua, haba y porotos. Estos cultivos, seleccionados y adaptados durante siglos a las condiciones específicas de la Puna y los valles templados del Noroeste Argentino (NOA), enfrentan un riesgo concreto de desplazamiento frente al avance de materiales comerciales uniformes.

La Estación Experimental INTA Abra Pampa coordina las acciones sobre el terreno, en una región que presenta contrastes ambientales únicos: desde la aridez puneña hasta los microclimas más templados de los valles intermedios. En localidades como Casti, el proyecto acompaña emprendimientos liderados por mujeres que procesan papas andinas, articulando conservación genética con agregado de valor económico local.

Luz Lardone, directora nacional de Transferencia y Extensión del INTA, subrayó la dimensión cultural que va más allá de lo estrictamente agronómico. Según consigna argentina.gob.ar, la funcionaria señaló que «estas variedades no solo representan diversidad genética —clave frente a la variabilidad climática y nuevas presiones sanitarias—, sino también identidad cultural y conocimiento tradicional».

Mejoramiento Genético Participativo: productores y técnicos, juntos en el campo

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El núcleo metodológico del proyecto es el Mejoramiento Genético Participativo (MGP) y el Fitomejoramiento Evolutivo (FE), dos enfoques que rompen con el modelo tradicional de investigación agronómica centralizada. En lugar de que el conocimiento fluya exclusivamente desde los laboratorios hacia el campo, en Raíces el proceso ocurre al revés: productores y técnicos trabajan en forma conjunta para seleccionar y multiplicar materiales adaptados a cada territorio.

Este enfoque descentralizado fortalece la autonomía de los agricultores y respeta las dinámicas productivas locales, asegurando que las variedades seleccionadas respondan a necesidades reales y no a criterios de mercado ajenos a la realidad de la agricultura familiar campesina e indígena.

Doina Popusoi, oficial técnica del FIDA para Raíces y el programa GP-SAEP para América Latina, explicó el sentido estratégico de la metodología. De acuerdo con lo publicado por el IICA, Popusoi afirmó que «el proyecto permite planificar y decidir, junto a los agricultores, lo que resulta más adecuado para cada sistema local. Se busca que las variedades cultivadas puedan ser resilientes a las condiciones climáticas locales y que contribuyan al acceso a dietas más saludables».

Corredores de agrobiodiversidad: conectar para conservar

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Una de las herramientas más innovadoras del proyecto es el establecimiento de corredores de agrobiodiversidad: redes de territorios que amplían y conectan áreas de conservación y multiplicación de semillas. Estos corredores integran distintos cultivos y distintas comunidades en una red de intercambio genético que refuerza la resiliencia productiva ante el cambio climático.

La lógica es clara: cuanto mayor es la variabilidad genética dentro de un cultivo, mayores son las probabilidades de que alguna variedad tolere una helada tardía, una sequía prolongada o una nueva plaga. Las semillas criollas actúan, en este esquema, como un auténtico seguro biológico frente a eventos extremos que, en el NOA, son cada vez más frecuentes e impredecibles.

El proyecto no se limita a la conservación estática —en bancos de germoplasma o depósitos— sino que promueve fundamentalmente la conservación en campo, donde las variedades continúan evolucionando y adaptándose de manera dinámica. Esta distinción es técnicamente crucial: una semilla que no se siembra, no se adapta; y una semilla que no se adapta, pierde valor frente a un clima que cambia.

Un proyecto trinacional con raíces en el NOA

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El proyecto Raíces se inscribe en el marco del Programa Global para Pequeños Productores Agrícolas y la Transformación Sostenible de los Sistemas Alimentarios (GP-SAEP) y se ejecuta simultáneamente en Argentina, Bolivia y Brasil. La elección de Jujuy como uno de los territorios prioritarios no es casual: la provincia concentra una de las mayores diversidades genéticas agrícolas del país, resultado de miles de años de selección campesina en condiciones ambientales extremas.

Según informó Naciones Unidas en Argentina, el proyecto busca que las variedades seleccionadas sean resilientes a las condiciones climáticas locales y contribuyan a sistemas alimentarios más saludables y soberanos.

El impulso a la soberanía alimentaria que propone Raíces tiene también una dimensión económica concreta: al conservar y multiplicar sus propias semillas, los productores de la agricultura familiar reducen su dependencia de insumos externos, abaratan costos y fortalecen circuitos locales de producción y consumo. En Jujuy, donde la agricultura de subsistencia andina convive con dinámicas mercantiles cada vez más penetrantes, esta autonomía puede marcar la diferencia entre la permanencia en el campo o el abandono de las comunidades rurales.

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